Al final parece que los sindicatos han dado el do de pecho y se lanzan a la desesperada contra la reforma laboral del Gobierno. Digo a la desesperada porque su imagen ha quedado inequivocamente dañada durante las dos legislaturas pasadas cuando, en vez de golpear con fuerza la mesa y gritar un basta ya mientras las cifras de paro crecían y crecían, a pesar de los esfuerzos del ejecutivo por maquillar las cifras con más énfasis que los Fisher ponían en dejar presentables los cadáveres que llegaban al negocio familiar en Six Feet Under.
Durante el Gobierno del PSOE los sindicatos han quedado a la altura de los policías corruptos en las películas de la mafia. Esos que, de cuando en cuando, se sientan en la mesa, adornada con un mantel rojo de cuadros, que ocupa el capo mientras éste sorbe con delicadeza su espresso e intercambian unas frases vacías hasta que el chico de los recados aparece con un sobre marrón atado con gomas. Zapatero silenció a los sindicatos a base de subvenciones y estos, de tanto hacerse los suecos, poco les faltó para acudir al registro a cambiarse los nombres por unos más acordes a su nueva condición escandinava. Toxoson y Mendezberg. Nuestros líderes sindicales.
Esta situación ha creado un desapego entre las personas que, supuestamente, deben velar por los intereses del trabajador y el propio trabajador, asfixiado y sumido en la depresión de ver que, cuanto más nada para evitar ahogarse, más se aleja de la orilla. El trabajador que hace auténticos prodigios de ingeniería financiera -ríete tú de las virguerías contables de las grandes fortunas para defraudar a Hacienda- para pagar las letras de la casa, el colegio de los niños y que no falten unas lentejas en la mesa. El líder sindical que colecciona relojes de lujo y gusta de probar los restaurantes más exclusivos que pueda encontrar.
Aquí ya no hay vuelta de hoja. Se ha alcanzado el punto de no retorno y tan sólo los más incondicionales o fanáticos pueden defender los métodos de los líderes de UGT y CCOO. Siempre nos quedará la duda de si esta huelga es por la rebaja en las subvenciones o realmente les preocupa la situación laboral del país. Porque las políticas no pueden juzgarse con inmediatez en el tiempo. Si el Gobierno quiere remangarse y sacarnos adelante, sabe que las reformas estructurales necesarias le harán perder las elecciones. Somos la primera generación que va a vivir peor que sus padres. Como me dijo un amigo en perfecto estado de sobriedad, nuestra generación va a sacrificarse para que nuestros hijos puedan crecer como lo hicimos nosotros. Y con esa mentalidad debemos remar todos en la misma dirección. Ni protestas ni huelgas porque no te gusten las siglas que nos gobiernan porque así no saldremos adelante.
Aunque en España siempre ha tenido mucho tirón el corto plazo, cuyo máximo representante siempre ha sido Keynes, un tipo listo. Brillante en su visión de que lo importante, en política, es ver el resultado a un mes vista. Como él decía: a largo plazo, todos muertos. Para entendernos, las políticas con rédito político -quicir, electoral- se asemejan a un amanecer de resaca en el que acudes a un bloody mary. Alivio instantáneo de los síntomas, aunque por la tarde quieras morir.
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sábado, 10 de marzo de 2012
martes, 6 de marzo de 2012
El Extraño Compromiso Sindical
Ni siquiera han dado los 100 días de margen para saltar a la yugular de Rajoy por su gestión. Esas hienas que se parapetan detrás de las siglas de CCOO y UGT ya han saltado a la calle con la pancarta en mano clamando contra los herederos del Caudillo. Los mismos que aguantaron durante siete largos años metidos en casa mientras las gráficas que mostraban la evolución del paro se asemejaban más al perfil de la etapa reina del Tour para montarle una huelga general a Zetapé, se han desentumecido sus manos y aclarado la garganta para protestar contra la reforma laboral.
Habrá sido duro para ellos, liberados muchos, el poner el despertador. La última vez que lo hicieron aún no había teléfonos móviles. Ni siquiera había relojes digitales, así que imaginen el panorama. Al maromo de turno levantándose a las 9 y la mujer preocupadísima pensando que se va a ver a la querida, por mucho que el marido jure y perjure que sale a la calle a manifestarse y a ganarse el sueldo... porque no ganan poco precisamente. A mí se me caería la cara de vergüenza el ir de defensor del obrero, gritar proclamas contra la lucha de clases y tener en mi casa una colección de relojes donde el más barato supera los 5.000 euros, que viene a ser más o menos lo que ven al año muchas familias condenadas al eterno subsidio de los 450 al mes.
Porque de los liberales se podrá decir muchas cosas: que si son unos desalmados. Que si quieren recuperar la esclavitud. Que si van por la calle con el tridente, el rabo y los cuernos. Pero, coño, al menos son coherentes. No van pregonando una igualdad y un reparto equitativo y luego dándose a la buena vida. Que aquí todos son muy de izquierdas mientras no les toquen la cartera. Mucho reparto equitativo de bienes, pero como vea a un vagabundo acampado a las puertas de mi chalé de Somosaguas llamo a la civil y que me limpien la calle, que uno no vive en una urbanización exclusiva para tener que ver al populacho.
¿A santo de qué tiene que ir dinero público a financiar unos sindicatos en los que creo menos que en los Reyes Magos? No digo que no deban existir, sino que se financien con las cuotas de sus afiliados. Como también deben hacer la patronal. Y los partidos políticos. Que aquí todos ponemos a caldo al cine español y nos rasgamos las vestiduras por la cantidad de euros en subvenciones que se lleva la enésima revisión de la Guerra Civil, cuando no hacen sino lo que todo españolito que se precie: coger el dinero y correr. Que de igual manera que no he visto a la Coixet devolver un duro, tampoco he visto a Rosell o a Méndez renunciar a sus dietas y, vive Dios, ninguno de ellos tiene pinta de pasar hambre.
A mí, de todas formas, es que sólo ha habido un sindicato con el que haya simpatizado. El que lideraba Al Capone. Ya puestos a que me roben, que sea a punta de pistola. Y a punta de pistola los pondría a más de uno por elegir el 11M para salir a la calle. Que una cosa es que, gracias a ETA, aquí coleccionemos atentados como en otros países Premios Nóbel, y otra muy distinta es que en el octavo aniversario del mayor atentado que ha sufrido nuestro país, salgan a la calle los mismos estómagos agradecidos que callaron durante ocho largos años mientras el presidente -ya saliente, aunque no haga ni escasos 100 días- dilapidaba la herencia recibida y gestionaba la crisis de la peor de las maneras posibles.
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